El ser de España

Durante una sesión de Relaciones Externas de España nos preguntamos acerca de nuestra identidad nacional ¿cuál es la idiosincrasia española? ¿Cuál es el distintivo propio de una comunidad en un territorio con respecto a otro? ¿Cuál es la diferencia sustancial entre nacer en un lugar o en otro? ¿Qué sentimientos de pertenencia despierta cada territorio?

Lo cierto es que hay pocas respuestas más desacertadas que las precipitadas y conclusiones más equivocas que las que prescinden de meditación. De manera que procedo a recopilar información al respecto…

Seguridad Colectiva y Defensa Nacional. 

Expertos

José Gonzálvez Vallés 
Comandante de Infantería
DEM

La identidad nacional de los españoles

Artículo cedido por la Revista:

PRELUDIO

El enfoque y las conclusiones de este artículo están extraídos de una reflexión personal, en un momento en el que la cuestión principal está de la más candente actualidad: ¿Tenemos los españoles una identidad nacional?

Entiendo por identidad nacional el grado de afinidad de una persona o grupo de ellas con su patria, el grado de aceptación de todo su acervo y de cómo está dispuesto a comprometerse en su devenir.

La tesis es, pues, que los españoles sí tenemos una identidad nacional clara y diferenciada, y que además no es patrimonio de ningún Gobierno, ni siquiera de esta generación, sino que se configura como una proyección desde el pasado que fluye hacia el futuro, y establece un nexo de unión entre todos los que, de una u otra manera, en cualquier tiempo histórico, nos hemos sentido, nos sentimos españoles.

POSICIÓN FILOSÓFICA

Y ¿qué es ser español? ¿Es algo claro, fijo y permanente? ¿Se puede aplicar a todas las épocas, a todos los que han vivido en cada una de ellas? No parece fácil responder a esas preguntas, y en la sociedad actual se tendería a pensar: ¿Qué más da ser español?

A lo largo de las diferentes épocas se han ido dando unos caracteres definitorios de la identidad de las naciones. Así, no es lo mismo el alemán de Federico que el de Hitler, o el francés de Napoleón que el de Sarkozy. Del mismo modo, la España de los Reyes Católicos no es igual que la de la Segunda República. Pero, a pesar de diferencias y transformaciones, hay algo decisivo, que perdura. El español se reconoce en cualquier forma española de cualquier tiempo. Ante las diferentes manifestaciones de España —arte, literatura, fútbol e incluso guerras— se siente en casa, cómodo, de una manera que no se identifica ante las experiencias vividas por otras naciones, por grandes que sean las afinidades.

Ser español no es una condición fija y estática, como si se tratara de un carácter biológico. Ser español ocurre históricamente. Lo que fuimos, lo que somos. Es de dónde venimos, y sin ello no se comprende adónde hemos llegado —para lo bueno y para lo malo—, a qué altura de la Historia estamos, qué somos históricamente. El olvido de la Historia nos hace recaer en el primitivismo, fenómeno bien patente en nuestros días. Esto es así en aquellas ideologías que obvian la parte común para centrarse en el ADN, el tamaño de cráneo, o inexistentes batallas libradas en tiempos primigenios donde se perdió la libertad (1).

Pero nuestro carácter se forma más por lo que creemos ser, por lo que nos conocemos, lo que esperamos. Sustenta nuestro sistema de creencias, que es lo que contiene nuestras ideas y opiniones. Ideas y opiniones que son en gran medida recibidas, inyectadas. Y aquí es donde nos cruzamos con el objeto de este estudio: Sobre nuestras creencias flotan nuestras ideas, que nos son dadas por nuestra época, luego ¿Cuál es la percepción real que tenemos de nosotros mismos como españoles? ¿Cuál es nuestro grado de conciencia, de identidad nacional?

La posible respuesta es muy amplia y varía desde una gran aprehensión de nuestro ser, a una falsificación absoluta, que en nuestros días parece mucho más presente.

Copiando palabras de Julián Marías: «Encontramos con gran frecuencia una anormal distancia entre la complacencia real y el despego teórico de muchos españoles»(2). Durante un tiempo, ha sido seña de los más «avanzados y progresistas» de nuestros conciudadanos, la renuncia a España hasta el punto de no poder nombrarla en ninguna conversación pública, so pena de ser calificado sin más argumento, y con un fino y profundo estudio, de «fascista». Larga es la división entre los españoles patriotas y afrancesados, liberales y absolutistas, carlistas e isabelinos, monárquicos y republicanos, de izquierdas y derechas. Ante una creencia que debería ser apolítica, la identificación de la nación con el régimen político nos ha dado más de un disgusto en la parte del amor a España. La última experiencia de dictadura con el general Franco y su apropiación de los símbolos nacionales, y el resentimiento de los vencidos en la Guerra Civil con su consecuente desprecio contra todo lo que representa o recuerda a la época anterior, confunde patria con dictadura, bandera roja y gualda con opresión, e identidad nacional con centralización.

Pero la realidad es que, incluso sin quererlo, el mero pensamiento de la nación les hace más españoles. A los regeneracionistas del 98 físicamente «les dolía España». Lo que se podía tomar como despego, ha de ser considerado un profundo apego, aunque hay que distinguir entre el descontento creador y la negación rencorosa. Aún convengo con D. Miguel de Unamuno en que «por lo menos tienen el contacto de la negación». Creo que hoy en día «ya no nos duele España, sino que nos ilusiona».

EVOLUCIÓN DE LA IDENTIDAD NACIONAL

En el prologo a su Historia de España, Ramón Menéndez Pidal (3) enumera los atributos del español a lo largo los tiempos, caracteres que identifica como permanentes, identificados como «hábitos históricos»: la sobriedad —trufada de senequismo, sustine et abstine, valor muy español ya desde la era romana—; el idealismo —con el Quijote como su mayor exponente, que nos recuerda que no se puede contar con el español para que cuide de sus intereses o su conveniencia, y que toma postura no porque sea más beneficiosa, sino porque le gusta o la prefiere—; el individualismo —entendido como sobreestima de la individualidad, propia o ajena, y deficiente solidaridad e incomprensión de lo colectivo, como diferencia por ejemplo ante alemanes o japoneses—, y el sosiego —tanto de la serenidad en la acción, como de la apatía y la falta de interés—.

Otros filósofos y escritores han identificado también el pesimismo, el particularismo, la anarquía, el «inutilitarismo», la improvisación, la envidia y un precario sentimiento nacional (4).

¿Y qué queda hoy en día de todo esto? Pues todo, aderezado con ilusión, con ganas de salir, de enseñarle al mundo, sin complejos, que nos gustamos. Desde la siesta a las tapas, de Sergio García, Fernando Alonso y Rafa Nadal a Santiago Calatrava. Del aceite de oliva y Ferrá Adriá a Antonio Banderas y Pedro Duque, en cualquier campo, España se está ganando el mundo (5). En una encuesta realizada por el CIS, el 80% de los españoles se declaraba orgulloso de serlo (6). Cuanto más nos abrimos al exterior, cuantas más maneras de vivir conocemos, más apreciamos nuestras «costumbres», nuestra forma de ser, nuestra identidad nacional.

¿Y LOS PROBLEMAS?

Los nacionalismos excluyentes, como el catalán y el vasco, tienen su aparición a finales del siglo XIX, como causa del descontento con su modelo de España (7). Al fracasar el tradicionalismo carlista surgió Sabino Arana con su doctrina (8). Los nacionalistas catalanes, mucho más finos y cuidadosos, inventan una historia separada de la común, según la cual nunca habría existido más que una unión dinástica, que habría funcionado como ente administrativo, pero no como nación (9).

El gran error de la transición a la democracia en España, fue, utilizando de nuevo a Julián Marías: «Intentar contentar a los que no se van a contentar». Leí hace ya muchos años esta afirmación del filósofo, que pronosticaba con su lucidez habitual, que todo lo que damos a estos insaciables victimismos, jamás sería suficiente ni agradecido. La entrega de la educación a las ideologías excluyentes ha creado el caldo de cultivo que nunca habrían conseguido por el atractivo de sus propias ideologías. Ellos son la negación rencorosa de la que hablaba más arriba.

Pero curiosamente, la identidad nacional de la que abjuran, la opresión de la que reniegan, se convierte, por obra y gracia de su estrechez, en una exaltación del antiespañolismo tan rabiosa y beligerante que no puedo por menos que deducir que si tanto la pelean, mucho la respetan. Esto es, que en su negación destructiva va el germen de nuestra identidad. Que en su sinrazón afirman la mía, ya que: ¿si no existiera tal nación, a qué toda esta lucha negándola?

FUGA

La manera de sentirse español ocurre en el tiempo. Es un «proyecto sugestivo de vida en común», según Ortega y Gasset. Y como no es fijo, sino que ocurre, este proyecto no es único, ni permanente, sino que vamos «haciendo camino al andar», lo vamos descubriendo en nuestro acontecer, tanto individual como colectivo.

Ser español, tener esa identidad nacional, es asumir el proyecto de España en cada momento histórico, en el que nos toca vivir. Y esto no significa asumirlo todo sin crítica, sin conocer lo que no nos convence, incluso mostrando hostilidad, malestar o antipatía, o ganas de poseerlo, de ilusión y de orgullo. Un español lo es dentro de este proyecto. No se posee la identidad francesa, o la alemana, sino la nuestra, y en ella nos encontramos como comunidad, y por ende como individuos.

No me resisto a finalizar sin citar a Miguel de Cervantes: «No hemos conocido el bien hasta que le hemos perdido; y es el deseo tan grande que casi todos tenemos de volver a España, que los más de aquellos, y son muchos, que saben la lengua como yo se vuelven a ella…tanto es el amor que la tienen, y agora conozco y experimento lo que suele decirse: que es dulce el amor de la patria» (10).

NOTAS

1. Me refiero concretamente imaginaria batalla de Padura, donde supuestamente los vascos lucharon por la libertad de Guipúzcoa.
2. Marías, Julián. Ser español. Ideas y creencias en el mundo hispánico. Editorial Planeta. 2000. Página 14.
3. Menéndez Pidal, Ramón. Los españoles en la Historia. Introducción a la Historia de España. Espasa Calpe. 1947
4. Identidad nacional. Análisis del concepto de identidad Nacional. Monografías del CESEDEN, número 47.
5. «España ganándose al mundo».  Revista TIME , 29 de febrero de 2004
6. Encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) realizada en octubre de 2005. Latinobarómetro
7. Por cierto que es más doloroso su momento de aparición, que coincide con la perdida de las últimas posesiones ultramarinas, en Cuba y Filipinas. Su insolidaridad queda, pues, más de manifiesto por su negativa a tirar del carro en un momento de máxima necesidad y caos nacional
8. Que dejó muy atemperada al final de sus días.
9. Polémica iniciada por el ex presidente autonómico, el Sr. Jordi Pujol, que declaró que «España no era una nación, y Cataluña sí»
10. CERVANTES SAAVEDRA, Miguel de. Las aventuras del ingenioso hidalgo D Quijote de la Mancha. Ed RBA 1994, Capítulo 54.

BIBLIOGRAFÍA Y FUENTES

AZNAR LÓPEZ, José María. España. La segunda transición. Ed Espasa Calpe. 1995.
CERVANTES SAAVEDRA, Op. Cit.
Identidad Nacional. Análisis del Concepto de identidad Nacional. CUADERNOS DE ESTRATEGIA. CESEDEN. Número 15.
Varios autores. España, un hecho. FAES. 2003.
FRANCO, Dolores. España como preocupación. Ed Argos Vergara 1980.
MARÍAS, Julián. Op. Cit.
MENÉNDEZ PIDAL, Ramón. Op. cit
ORTEGA Y GASSET, José. España invertebrada. Ed Arquero. 1984.

Experto: La Detonación de España, por Rafael Vidal (13.03.07)

Fuente: Revista Ejército
Fecha: 11/02/10

http://www.belt.es/expertos/home2_experto.asp?id=4944

 

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